Prideful Dan.
La élite de la muerte.

Estaba yo, Etelkait, sentado, rodeado del  grupo más amargo y abigarrado de todos los tiempos, empero, sublime. Y de este, a la par de su magnánimo anfitrión, lucían nombres tan notables de dichos personajes que, a primera vista, éramos un grupo bastante imponente; a mi mano izquierda estaba Néstor el bribón, segundo al mando y primero sobre todos los maliciosos en materia del engaño y la mentira, como habilidad natural ocasionaba discordias equiparables a la épica homérica; un poco de materialismo eran sus dados, la suerte siempre a su favor; el hombre inocente, su victima de apuestas. A mi derecha, sin duda, en apariencia el más llamativo del grupo, Lucio, y lo anterior, aclaro, sirva para recalcar la imagen de la juventud en su perfección, misma que cubría la bestia sedienta encarnada en su interior, que reptaba por debajo de su piel, inhalando el perfume de cada fémina con lujuria, deseando satisfacer aquel apetito que tarde o temprano era algo imposible de detener, pues sus ojos llenos de lascivia eran hipnóticos para cualquier mujer. Al lado de él estaba Gaspar, frívolo y apostador, vicioso arlequín de dos caras. Podría describir este individuo diciendo que se trata de alguien en quien nadie puede fiarse, y visto en persona, sus facciones no indicaban otra cosa, pues al verlo, el ojo inquisitorio se da cuenta de sus maneras tan cuestionables, su rostro larguirucho, su nariz aguileña, sus ojos pequeños y sonrisa burlona que ocultaba esa lengua serpentínea,  aquellos menos cautelosos solo verían superficialmente su voluntad presuntuosa, sin darse cuenta sus intenciones verdaderas. Delante de él, profuso, estaba Rey, y éste, ¡escúcheme el cielo y arda! Era para mí el más grotesco ser en la faz de este mundo. Su filosofía, si es que pudiera llamársele así, era el placer personal por sobre todas las personas, la burla de la humanidad desahuciada, el desprecio a los sin techo, a los hambrientos, a la caridad, pues todo cabía dentro de sí y era el único digno de cargarlo. Vaya desagradable personaje, encarnado, tan apropiadamente, en las carnes viciadas de un glotón hedonista.

  Sentados en las esquinas estaban Zorn y Herlinda; el primero, en apariencia el más joven de los presentes en esta mesa. Ciertamente podría identificársele más con un cadáver que con una persona vivaz tanto como por su tez pálida como por su escasa articulación de palabras, contrario a cualquier preconcepción de la personalidad animada de un chico de su edad, aunque esta era casi por completo vacua. Su expresión pocas veces variaba a otra que la del fastidio, demostraba no tener interés por nada, y así era, puesto que rara vez hacía algo que no fuera por su propia voluntad, ignorando ordenes y escupiéndole a toda autoridad. Aunque tal vez no era eso lo que me importaba de su persona, sino su capacidad de ejecutor sádico y sin remordimientos. Realmente inhumano. 

  Por último, Herlinda, de quien no podría remarcar ni su astucia ni su ambición. Me sería en cierta forma complicado saber qué era lo que motivaba a la señora apacible y de personalidad complaciente que era Herlinda. En verdad que su existencia me provocaba cierta incomodidad. Eran sus ojos serenos o sus palabras somníferas, tal vez, lo que me causaba tanta repulsión hacia ella, porque yo sabía que no era nada más que una apariencia para adornar la trampa en la que aquella bolsa de carne quería que cayera, ya fuera consciente o inconscientemente, y digo inconsciente porque, después de mucho escudriñar en lo poco que sabía de ella, me era difícil pensar otra cosa más que ella era solamente otra jugadora de esta apuesta sucia por ver quién era el más digno de los siete de ocupar el trono de La Muerte. Aclaro, que como todos, ella tenía su función, pero no puedo evitar pensar en los efectos de su arma principal, que no era nada palpable, sino su aura de negatividad que te inducia con su vibra pasiva y venenosa a la impotencia, a la duda, todo eso cubierto con la superficialidad de la carne.

 De verdad, estar sentado, presidiendo esta reunión de agresores de la moralidad, me hacía dudar de sí el mundo era digno de nuestra presencia, y esto lo expreso con seguridad, puesto que la humanidad de ahora está ciega hacia cualquier ataque tanto desconocido como proveniente de su pervertida naturaleza, afuera son todos débiles como para aguantar sus propias pasiones. El estoicismo ha acabado sus ávidos destellos varias edades atrás. Ahora no me queda más que figurar el modo en el cual planear nuestro surgimiento por debajo de ellos. Y me queda claro que la única forma de lograr eso, es dándoles lo que desean.